miércoles, 18 de febrero de 2015

Doctor Livingstone, I presume?

El otro día, a cuento de nada, sin ninguna razón aparente, se me vino a la mente la famosa frase "Doctor Livingtone, I presume?" que el periodista Henry Morton Stanley pronunció al encontrar a David Livingstone en una aldea remota de África.
 
Me gustan mucho las historias de exploradores y viajeros del siglo XIX que sucumbían a la llamada de África. Si dejas a un lado la crueldad con que muchos de ellos trataban a los porteadores que les acompañaban y el ánimo colonialista que muchas veces les empujaba (el caso del colonialismo belga en el Congo es espeluznante), resultan historias realmente emocionantes, cargadas de aventuras.

Mi escritor favorito para leer sobre África es sin duda Javier Reverte, sus libros te transportan al África actual siguiendo sus viajes, mientras te enseñan la historia de ese inmenso continente. Otra maravillosa escritora para viajar desde el sofá es Cristina Morató, quien ha escrito una serie de libros sobre mujeres adelantadas a su época que un día decidieron ponerse el mundo por montera y abandonar la aburrida vida victoriana para explorar el mundo.


Un café, con Cristina Morató sabe mejor.


Un té, con Javier Reverte, perfecto maridaje.

Muchos de estos exploradores estaban empeñados en resolver el misterio de descubrir las fuentes del río Nilo. Ya desde tiempos de griegos y romanos, se habían preguntado cuál era la fuente del Nilo azul.
 
Pero la historia que nos lleva a la frase que se vino a la cabeza la otra tarde comienza en 1862 cuando el explorador británico John Speke llega a la orilla sur del lago Victoria (es él mismo quien le pone ese nombre en honor de su reina) y establece que esa es la fuente del Nilo azul. Otro mítico explorador, Richard Francis Burton, que se recuperaba no muy lejos de allí de una enfermedad, monta en cólera al atribuírse Speke el mérito, pues se suponía que iban juntos en la expedición y mantiene que esa no es la fuente del río Nilo sino el lago Tanganika. Esto dio origen a una memorable pelea que fue seguida con avidez por toda Gran Bretaña. Hay que tener en cuenta que estos exploradores eran grandes estrellas en su época.

Amanecer en el lago Victoria.

 
David Livingstone pensaba que ninguno de los dos estaba en lo cierto, y para no dejar lugar a dudas, se internó en una nueva expedición en 1866 para dar con las auténticas fuentes del Nilo.
 
Años después, en 1869, entra en escena el periodista Henry Stanley. Es aquí en Madrid, mientras cubría la guerra civil de 1869, que recibe un mensaje del director del periódico para el que trabajaba, el New York Herald, en el que le pide que embarque hacia África en busca de Livingstone, pues hace meses que no se tienen noticias de él en Europa. Eso sí, antes ha de viajar a Egipto, Palestina, Turquía, Persia e India para escribir otras crónicas periodísticas. Finalmente, en enero de 1871 desembarca en Zanzíbar y decide dirigirse a Ujiji, en la costa oeste de Tanzania, donde por última vez se tuvieron noticias del explorador perdido.
 
Después de múltiples peripecias, incluído detener la expedición a causa de una guerra de esclavistas árabes contra un caudillo local, Stanley consiguió llegar en octubre o noviembre de 1871 (no se conoce la fecha exacta) a la aldea donde el doctor Livingstone se encontraba. Efectivamente, Livigstone se encontraba en Ujiji, donde había tenido que detener su expedición tras haber sido asaltado y haberse quedado sin dinero y provisiones para continuar.

Es entonces cuando ambos se saludan pronunciando Standley la famosa frase: Doctor Livingstone, I presume? Por cierto que la frase en inglés es de lo más redicha y el periodista tuvo que soportar el resto de su vida parodias y sátiras sobre la misma.


Después de unos meses en los que, al tiempo que se hicieron grandes amigos, estuvieron explorando, sus caminos se separan. Stanley embarca rumbo a Inglaterra donde fue recibido con honores. El resto de su vida se dedicó a explorar por el río Congo (otro de los grandes misterios de la época) y llegó incluso a trabajar para el sanguinario Leopoldo II de Bélgica.

Livingstone por su parte, decide continuar explorando África. Decide poner rumbo a las cuatro grandes fuentes de los cuatro ríos que en sus escritos del siglo V a.C. menciona Heródoto. El pobre Livingstone no sólo no consigue su objetivo sino que, después de una penosa travesía en la que tuvo que soportar paludismo, disentería, picaduras de hormigas rojas e incluso mordidas de sanguijuelas, fallece el 1 de mayo de 1873 en la aldea de Chitambo (Zambia), donde se había detenido con la intención de descansar y continuar con su expedición.
Su corazón fue enterrado allí mismo, a los pies de un árbol de su amada África, su cuerpo momificado fue enviado a Londres en un viaje que duraría cinco meses. Tras un funeral multitudinario en el que su amigo Stanley entre muchos otros desfiló acompañando su féretro, sus restos descansaron definitivamente en la abadía de Westminster, lugar en el que reposan los hijos predilectos de Gran Bretaña.


Monumento donde un día estuvo el árbol con el corazón de Livingstone.




 

2 comentarios:

  1. Alguien se esta volviendo un poco vagita!!! Estamos a la espera....

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  2. Alguien se esta volviendo un poco vagita!!! Estamos a la espera....

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