jueves, 18 de junio de 2015

Una historia sobre las vacunas (primera parte)

A raiz del caso del niño de Barcelona enfermo de difteria, el debate sobre las vacunas ha vuelto a abrirse en este país. La primera noticia que tuve sobre el movimiento anti-vacunas fue cuando, pensando en quedarme algún día embarazada, empecé a curiosear un foro muy famoso en internet: Crianza natural. De ese foro sobre la crianza con apego y con respeto hay cosas que, desde que comencé a leerlo, me convencieron y he aplicado una vez nació mi hija. Pero hubo otras, como es el caso de no vacunar a los niños, que desde el principio me parecieron una barbaridad y, por supuesto, no he llevado a la práctica.
 
De todo este tema vacunas sí, vacunas no, para mí es tan obvio que las vacunas han salvado la vida a millones de personas y han hasta erradicado de la faz de la Tierra enfermedades con alto índice de mortalidad como la viruela, que poco puedo decir salvo que no me gustaría estar en la piel de los padres de ese niño de Barcelona. Que tanto los padres como el niño son víctimas de unos charlatanes y que, directamente, les han engañado.
 
Pues a cuento de todo este tema, que por cierto ya no ocupa espacio en los medios, estuve releyendo el libro "En Defensa de las Vacunas" del pediatra Carlos González y pude recordar la historia de cómo la vacuna de la viruela se llevó a América.
 
 
 

Se tiene constancia de la existencia de la viruela desde el año 10.000 a.C. Era ésta una enfermedad absolutamente devastadora que tenía en torno al 30% de índice de mortalidad, y quién no fallecía quedaba cuanto menos, desfigurado para toda la vida. La viruela podía, incluso, causar la ceguera.
 
La historia que nos ocupa sucede en el siglo XVIII, donde 400.000 personas murieron en Europa de viruelas. En aquella época era una enfermedad muy común. Una enfermedad infantil que todos los padres sabían que sus hijos iban a pasar tarde o temprano. La cuestión era si sobrevivirían a ella o no.
 
En 1717 durante un viaje con su marido, el embajador de Inglaterra, a Constantinopla, lady Montagu fue testigo de algo de lo que ya se tenía conocimiento en occidente aunque no estaba, ni mucho menos, extendido: La variolización, es decir, la inoculación a un individuo sano de material infeccioso proveniente de un enfermo de viruela. Esta práctica de realizaba en la India desde el siglo VIII y en la China desde el X. Fue gracias a lady Montagu que esta técnica se introdujo en Europa, pues al regresar contó con entusiasmo cómo las personas que eran inoculadas del virus de esta manera (a través de una herida en el brazo) pasaban unas viruelas tan leves que apenas les obligaban a pasar un par de días en la cama y con fiebre no muy alta.

Lady Montagu


En España, la variolización se empezó a practicar incluso antes de 1728 aunque no de manera oficial. En 1768 se desató en la provincia de Guadalajara un brote de viruelas. Los habitantes de Majaelrayo pidieron la variolización pues les sonaba que antaño se había practicado. La iniciativa de los vecinos fue todo un éxito. De los inoculados artificialmente, 240, no murió ninguno. De los veinte contagiados naturalmente, murieron cinco. A partir de 1771 esta práctica se extendió por toda España y hacia 1800, 100.000 personas (incluyendo a la familia real), estaban inoculadas.

En la actualidad se sabe que existían dos tipos de viruelas, la major, más grave; y la minor, mucho menos letal. Los contagios que la variolización producía eran de esta menos grave y través de una pequeña herida en la piel, así que merecía la pena arriesgarse a pasar esa enfermedad más leve y no esperar a contagiarse de la más mortífera a través del sistema respiratorio, que es como se contagia de manera natural la viruela. Con todo y con ello, a través de la variolización la mortalidad podía llegar a ser del 2%, así que había que seguir investigando.

El doctor inglés Edward Jenner, observó que las personas encargadas de ordeñar a las vacas en las granjas, se contagiaban de la viruela vacuna, una enfermedad leve en estos animales y más leve aún en los humanos. Observó también que, todo aquel que había pasado la viruela vacuna, luego no reaccionaba a la variolización, es decir, estaba totalmente inmunizado.
En 1798 contagió de la vacuna (ahora entendemos de dónde viene el nombre de las vacunas, a qué sí) a su propio hijo de 11 meses, en el que no observó síntomas de la enfermedad de lo leve que era.




A día de hoy se sabe que el virus de vacuna es distinto del virus de la viruela, pero son tan parecidos que son suficientes para que el primero active anticuerpos que actúen sobre el segundo. Hoy también se sabe que esta inmunidad no es para siempre y habría que poner dosis de refuerzo. Aquellas personas del siglo XVIII se sopone que estaban expuetas cada poco tiempo a la enfermedad y esas eran sus dosis de refuerzo.



La vacuna se extendió rápidamente por toda Europa y sustituyó a la variolización con rapidez pues la primera presentaba claras ventajas sobre la segunda. La variolización te obligaba a pasar la enfermedad aún de manera más moderada con el riesgo que ya hemos visto que tenía e incluso se podía contagiar a terceras personas por vía aérea, mientras que la vacuna sólo provocaba reacción local y sólo era posible contagiarla por inoculación.

En tan sólo dos años la técnica de la vacuna llegó a España. En diciembre de 1800, el doctor Francisco Piguillem vacunó a cuatro niños, y doce días después, a partir de esos niños, a seis más.

Me imagino lo que aquel descubrimiento y su aplicación supusieron para la época. En comparación sería como si hoy, al fin, se descubriera una vacuna para el SIDA o el cáncer.

Pero sigamos en el siglo XIX porque aquí no acaba esta historia. En 1802, en lo que hoy es Colombia, se produjo un brote de viruelas. El rey Carlos IV consultó al Consejo de Indias qué hacer, ¿cómo llevar la vacuna hasta América?

Continuará...

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